En el debate público peruano, la inestabilidad política suele interpretarse como signo de debilidad institucional. Cambios frecuentes de gobierno, fragmentación del poder y expansión de prácticas informales son leídos como fallas de un sistema que no logra consolidarse. Sin embargo, esta lectura presupone que el orden político debe ser lineal, coherente y centralmente diseñado. Al observar la continua evolución de la sociedad y el sistema político, otra explicación fuera de la facil inestabilidad, puede ayudar a interpretar este cambio permanente.

Siguiendo a Henri Atlan, es posible entender la evolución de un sistema no como un proceso ordenado desde arriba, sino como una dinámica de autoorganización donde el “ruido” (crisis, contingencias, eventos inesperados) juega un papel constitutivo del propio sistema. En este marco, el sistema no progresa eliminando la incertidumbre, sino trabajando con ella, seleccionando y estabilizando ciertas configuraciones mientras descarta otras. Este proceso puede pensarse como una caminata aleatoria restringida (constrained random walk), donde el camino no está predeterminado, pero tampoco es completamente arbitrario.

Aquí es donde la teoría de sistemas de Niklas Luhmann permite dar un paso adicional. Para Luhmann, la sociedad no está compuesta por individuos o instituciones en sentido clásico, sino por señales o comunicaciones que se reproducen a sí mismas. El sistema político, en particular, opera como un sistema autopoiético, capaz de absorber perturbaciones y reorganizarse sin necesidad de un centro rector único. El enfoque no es en la estructura sino en la función. La estabilidad no es el punto de partida, sino el resultado contingente de múltiples selecciones a lo largo del camino.

Desde esta perspectiva, fenómenos como la informalidad dejan de ser anomalías. En lugar de ubicarse “fuera” del sistema, constituyen modos paralelos de comunicación y coordinación. La coexistencia de normas formales e informales, lejos de indicar desorden puro, revela una forma de gobernanza distribuida, donde distintos códigos (legal/ilegal, formal/informal, estatal/comunitario) operan simultáneamente. Esta superposición no elimina la incertidumbre, pero permite procesarla dentro del sistema.

La noción de profundidad lógica, desarrollada por Charles Bennett, ayuda a comprender el resultado de este proceso. Un sistema tiene alta profundidad lógica cuando incorpora una larga historia de transformaciones que no pueden simplificarse sin perder funcionalidad. En el caso peruano, cada crisis, cada arreglo institucional, cada práctica informal estabilizada deja una huella, es un aprendizaje institucional. Lo que observamos no es un sistema incompleto, sino un sistema densamente estratificado, donde soluciones contingentes se acumulan como memoria operativa que permanece subyacente y emerge dentro de la operación política y la practica social.

Esto no implica idealizar el proceso evolutivo. La autoorganización puede generar también equilibrios subóptimos, opacidad o captura por actores con mayor capacidad de influencia. La complejidad no es sinónimo de justicia. Sin embargo, sí obliga a abandonar la expectativa de que el orden político deba parecerse a un modelo abstracto de racionalidad y “justicia”.

En este sentido, la gobernanza en contextos como el peruano no consiste en imponer simplicidad, sino en modular complejidad. Las políticas públicas, los instrumentos de planificación y los marcos regulatorios —como Invierte.pe o la Política Nacional de Ordenamiento Territorial— deben entenderse no como dispositivos de control total, sino como mecanismos que interactúan con un sistema que ya está en funcionamiento, con sus propias lógicas y memorias.

Tal vez la pregunta no sea por qué el Perú no logra estabilizarse, sino qué tipo de sistema requiere producir cierta inestabilidad para seguir operando validamente y reflejando la vida de los ciudadanos. Lo que desde fuera se percibe como caos puede ser, desde dentro, una forma de adaptación evolutiva de todo el sistema.

En lugar de insistir en la falta de orden, conviene reconocer que estamos ante un sistema con alta profundidad lógica, cuya complejidad no puede ser reducida sin perder las condiciones mismas que lo hacen viable y justo en tanto que refleja la sustancia real de la sociedad.