El valor del terreno en San Isidro
Cuando la ciudad se administra sin política
La propuesta de vender un colegio público ubicado en San Isidro, para “liberar” el suelo y realizar su máximo valor económico, merece ser tomada en serio. No porque sea razonable, sino porque expresa con una honestidad brutal el ethos de ciertos desarrolladores inmobiliarios, donde el suelo solo se entiende por su valor en dinero, sin considerar otras formas de valor.
El argumento sugiere que un colegio público en el distrito financiero sería un anacronismo, un uso improductivo, una interferencia en el correcto funcionamiento del mercado. Se nos dice que, en este caso, el uso del suelo debe cumplir su destino natural, que es convertirse en oficinas, torres, renta. Lo público, en cambio, puede mudarse a espacios menos rentables económicamente. Siempre puede mudarse y seguramente a la periferia.
Esta operación no es nueva. Es un ejercicio clásico de una practica para despejar los espacios de acumulación de toda función que recuerde que la ciudad no es solo un dispositivo financiero, sino también es un lugar de reproducción social. Un colegio público introduce fricción en esa reproducción del capital en San Isidro, donde se reunen ciudadanos que no consumen, saberes que no cotizan, y futuros que no están indexados por los prestamos hipotecarios. En una geografía optimizada, eso estorba.
A través de este razonamiento, el suelo deja de ser territorio y se convierte en activo; la educación deja de ser institución y pasa a ser un “uso” desplazable. Todo lo que no se ajusta a la lógica de la valorización inmediata aparece como anomalía.
Aquí es donde la noción de purificación espacial resulta más precisa que la de simple homogenización. No se trata de un proceso espontáneo ni de una convergencia natural del mercado, sino de una operación activa, de selección de usos legítimos, exclusión de prácticas consideradas impropias, trazado de fronteras sociales dentro del espacio urbano. La purificación no describe el resultado; nombra el procedimiento.
Vender la centralidad y luego lamentar la desconexión social
La ironía es que esta limpieza se presenta como pragmatismo. Nada más ideológico que eso. Se nos pide aceptar que la centralidad es un privilegio natural del capital, y que la educación pública debe conformarse con la distancia. Como si la proximidad cotidiana al poder económico no educara también. Como si atravesar San Isidro todos los días no fuera una lección silenciosa sobre cómo funciona el mundo.
Aquí aparece la dificultad de ver una oportunidad, incluso desde la lógica del capital. En lugar de integrar, se opta por extraer. En lugar de incorporarse socialmente, se pierde el potencial de obtener mayor diversidad e integración social a futuro. El capital podría haber encontrado en ese colegio un laboratorio perfecto de legitimidad, a través de la formación, mentoría, relato de movilidad, pedagogía de la meritocracia vivida. Pero eso exige paciencia. Y la paciencia al parecer no renta.
La venta del terreno no es entonces una política urbana, sino su suspensión. Es una decisión que se presenta como técnica para evitar la discusión sobre qué funciones sociales merecen ocupar la centralidad. La gobernanza opera así como una despolitización activa del espacio, donde el conflicto se resuelve expulsándolo del mapa.
La ironía es que esta purificación territorial empobrece incluso a aquello que pretende proteger. El capital que se separa radicalmente de la reproducción social pierde densidad, legitimidad y arraigo. En lugar de incorporarse territorialmente, apoyando, financiando, interactuando con una institución educativa pública en su propio entorno, la propuesta opta por replegarse, reforzando la distancia que luego dice lamentar.
Esta crítica no se trata de nostalgia por lo público ni de resistencia simbólica al mercado, sino todo lo contrario. En este texto, se propone pensar mas profundamente y reconocer que las racionalidades urbanas nunca son neutras. Cuando se gobierna si considerar lo político, la ciudad no se ordena, sino que pierde sustancia e interacción. Y una ciudad administrada sin política puede ser eficiente, pero difícilmente será habitable como espacio común.